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La sexualidad: Ritos iniciáticos en un pueblo
Escrito por Administrator   
Sábado, 20 de Octubre de 2012 21:55

El río, caudaloso pero manso, discurre paralelo a la chopera. Años 50 y un pueblo perdido… Los adolescentones, desgarbados  y erotizados, con toda la fantasía que la represión y el ocultismo cultiva, han encontrado un lugar ideal para fecundar sus  ardientes imaginaciones. Entre las dos filas de chopos han apañado un lugar donde pueden retozar y dejar riendas sueltas a sus deseos: ven y oyen  sin ser ni vistos ni oídos. Es un secreto firmado con sangre entre ellos. NADIE PUEDE ENTERARSE.

 Y es  en la parte del río a donde las adolescentes, y no tan adolescentes,  van a lavar la ropa. Mientras lavan la ropa, se animan y cantan, bromean y, sobre todo, se explayan en temas picantes. Alguna, mas lanzada y graciosa, provoca conversaciones de las que en otro lugar tendrían que confesarse y el señor cura, ¡ vaya cómo se las gasta!, en la penitencia, además de hacerle repetir, persistentemente, todo lo que hablan entre ellas, por cada palabra pecado, cinco credos arrodilladas sobre garbanzos y ¡ pueden ser muchos minutos ¡:

“que si mi Pepe cuando se le anima le viene estrecho el pantalón de pana, que se le sale por la portañica.”

“Bueno, pues mi Antonio, te diré, que puede aguantar  con ella un cántaro lleno de agua cuando piensa en mí.”

“Pues yo estoy deseando que llegue el día que sobre mí grite mi Juan: Maria, María: ¡¡ Esto es gloria. Esto es gloria!”

“Pues la de mi Antonio no me cabe…, cómo voy a disfrutarla cuando la tenga ahí”...

“Nosotras tenemos que espabilarnos. Sabéis que a Juanillo el Bizco unas forasteras en la carretera le dijeron que se subiera en su coche y  se casaron con él, que venía tan contento que hasta se le había enderezado el ojo... “

“Dicen que la noche de bodas no se pega ojo”.

“Qué tonta, pues yo no estoy dispuesta a esperar... si ahora apareciera mi Miguel por ahí en la alamea misma…, cuando lo pruebes verás como no esperas...”

 La riqueza, la chispa erótica y gracia de las conversaciones y la vista de las pantorrillas de su lado y las insinuaciones del pecho del otro lado que,  al ritmo de los movimientos del lavado, muestran ponen excitadísimos a los adolescentones ocultos. La masturbación colectiva pone punto y final.

 ¡Qué digo, si ahora empieza la verdadera historia!. !

 

La pandilla de los 8-10 años siente verdadera admiración por estos mayores. Son sus maestros en todo y, ¡qué orgullo, sentirse mayor, imitándolos!!

 

Alguien del grupo mayor ha olvidado su juramento. Maestro puntilloso, está deseoso de cumplir con su papel de educador. Un día que dos de los menores jugaban inocentemente en el río, - para nada le llamaba la atención las risotadas de sus vecinas lavanderas – les invita a adentrarse en la madriguera de la chopera. Les convence porque eso son cosas de hombre, que no serían capaces fulanito ni meganito de su pandilla de conocer. Entre intrigados, asustados y gratificados le siguen.

Efectivamente oyen comentarios, risas, pero la verdad que no se enteran de nada. Su mentor sí y cumple escrupulosamente los pasos de su ritual delante de ellos. Muy azorados los invitados se miran uno al otro perplejos, pero sonrientes, como “machotes”, cuando su tutor los mira.

Bueno, esto se acaba... ¡¡ Qué va, qué va!!

El puntilloso maestro, además, es  un bocazas. En el “ entangane”,  con el mosto de cada tarde, se le suelta la boca y se explaya y no ahorra detalle  sobre  las conversaciones de las lavanderas. Claro, horas mas tarde las informaciones, con las fantasiosas ampliaciones de cada narración, llega a novias y novios. El escándalo está servido. El maestro acorralado por unos y otras desplaza las “habladurías” a los niños que metió en la alameda. Uno de ellos pertenece a una familia, que qué otras cosa va a aprender Pepillo de esa familia, y con él nadie se mete. Pero héteme aquí que el otro es de una familia bien y vaya sinvergüenza que ha salido y que lo tiene que saber su familia, que como un día lo coja se va enterar, oía Juanito que se repetía por todas las esquinas. Juanito, que se ha enterado de todo, vive en una amargura permanente. No pasa por las calles en donde viven novios o novias  que como eran  varias, pues casi en cada calle vive una o uno, lo tiene complicado. Escudriña a sus familiares a ver si ya saben algo, pues cree que todo el pueblo va a estar enterado y él tiene la fama de niño educado, estudioso  y  de los primeros de la escuela. Y hasta pensaban llevarlo al Seminario. ¡¡Dios mío, qué angustia!!. Cómo y a quién explicárselo: Al cura, le tiene pánico; el maestro, el de la escuela, cogerá la maldita regla… y además bajaría mucho puestos. Por otra parte el mayor ya ha convencido a todo el mundo que son mentiras que Juanito se ha inventado... y eso que  en sus insomnios Juanito ni siquiera recuerda una sola palabra de aquellas conversaciones... le pasa por la cabeza ir a ahogarse en el río, o colgarse.  Es que toda su vida está gobernada por este terror en sus entrañas. Cuando lo mandan con una borriquilla, de patas tambaleantes, para arrimar la leña de la tala a la casa, al animalito le hace ir  por calles donde no le puedan salir a incriminarle su desvergüenza. Casi la mata, porque las calles son empinadas y él la lleva como por un laberinto: por esta sí, por esta no; mejor por este callejón, aunque esté lleno de escalones... y además le regañan porque tarda mucho... ¡¡ qué infierno esta viviendo!!  ¡¡Siempre alerta, noche y día!! Pasan los días, eternos, y eso que solo una de las  mujeres  lo ha perseguido y pedido explicaciones: él ha enmudecido. Sobrecogido, ha salido corriendo. Ella le grita que se lo va a decir a su madre... y esto lo hace correr hacia las afueras del pueblo, huir lejos, pero el crepúsculo vespertino le hace volver, dónde va a irse con la noche encima. ¡¡ Pobre Juanito!!

En su desesperada y asfixiante  soledad se acuerda que su madre le hizo una novena a Santa Rita, abogada de casos desesperados,  y a lo mejor  la santa hace el milagro de que se aclaren las cosas. Como siempre hay alguna novena en la iglesia, él va todos los días, se sienta en su banco y cuando dice el nombre del otro santo él lo reemplaza por Santa Rita. Le ha cogido la oración a su madre y hasta se la  ha aprendido de memoria para devolvérsela  y que no vaya a sospechar nada  y todas las noches antes de dormirse de rodillas, en lugar de la que la madre le había enseñado:

OH poderosa Santa Rita, llamada Abogada de los casos desesperados, socorredora en la última esperanza, refugio y salvación en el dolor, que conduce al abismo del delito y de la desesperación: con toda la confianza en tu celestial poder, recurro a ti en el caso difícil e imprevisto que oprime dolorosamente mi corazón.

Y Santa Rita hizo el milagro, después de unos meses,  las habladurías cesaron. Tampoco nadie tenía mucho interés en mantenerlas, puesto que Juanito, ya adulto, supo que todas aquellas conversaciones y bromas eran verdad y moneda corriente y sublimadora de la feroz represión de aquellos años.

Pero  a  él todavía se le pone la piel “carne de gallina” y “el mediastino encogío” cuando aparecen aquellos recuerdos.

Y esa fue un capítulo significativo del rito de iniciación a la sexualidad de los niños del pueblo. El compañero, el que quedó exculpado, de adulto le repetía: “Juanito,  demasiado normales semos con aquella niñez que tuvimos.”

LUIS TORREMOCHA DURÁN

 



Última actualización el Sábado, 20 de Octubre de 2012 22:41